
Y un señor mayor que se les acerca de buenas maneras para instruirles amablemente sobre lo feo de su actitud. Y ellas que se lo miran como si fuera un bicho verde venido de otro planeta, entre risitas estúpidas, mirándose entre ellas con cara de estupefacción, asintiendo a los predicamentos del pobre hombre que les insta a, como mínimo, recoger el esparcimiento después, dándole la razón como se le da a los tontos.
Y yo parada observando la escena a cierta distancia, por si el hombre necesita refuerzos. Y ellas que se dan cuenta de mi presencia y me miran de esa forma boba, buscando mi complicidad, creyendo que simplemente por ser más joven que el honrado ciudadano voy a ponerme de su lado.
La cosa se alarga y yo voy con prisa, así que sigo mi camino y luego me arrepiento de no haber sacado mi móvil para fotografiar la escena, y colgarla después a modo de pasquines por el paseo… Claro que hubiera sido su minuto de gloria. En su simpleza aún les habría hecho gracia.
¡Tanto cuesta arrancar un folio de la libreta de espirales y hacer un cucurucho, como hacíamos en nuestros tiempos!
¡Pobrecitas! Aún no saben que la vida es un boomerang. Que lo que siembras, recoges, ya sean cáscaras de pipas o necedad.